Si se aplicara a Milei/Caputo la sentencia: “El fracaso es el resultado del éxito mal administrado”, se podría decir que el éxito electoral prometiendo a los ciudadanos dos tótems: inflación y dólar, baja de la primera y estabilidad (y accesibilidad) del segundo, se cumplió durante el segundo semestre de 2024, pero se administró mal ese capital político posponiendo pasar a la segunda fase donde consolidar ese éxito aceptando invertir parte de ese capital político en tolerar coyunturalmente una mayor inflación para abrir el cepo y lograr que vinieran inversiones que no vienen, como ya lo demostró más de medio año con Rigi sin que aumenten las inversiones.
Pero quizás tampoco hubieran venido las inversiones sin cepo porque, como dijo recientemente Jeffrey Sachs, “Argentina no es confiable, no importa su realidad actual, sino su reputación”, lo mismo que hace años le dijo a Macri el exsecretario del Tesoro norteamericano Larry Summers: “No se ilusionen con que vendrán inversiones extranjeras por mejores señales que envíen, se tardará años en cambiar la imagen de mal pagador del país”.
El Rigi no logra que las inversiones lleguen y el cepo es difícil de sacar con este crawling peg
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O quizás simplemente no se podía sacar el cepo porque, como dice Melconian, si se eliminaran todas las restricciones de acceso a divisas, habría hiperinflación porque todas las empresas que tienen dividendos acumulados sin pagar a sus casas matrices, más todos los argentinos con alguna capacidad de ahorro, se volcarían de golpe a comprar dólares a la cotización actual, elevándola significativamente con consecuencias en la inflación en pesos, salvo, nuevamente, que ingresaran inversiones del exterior por el Rigi que compensaran la salida de dólares, lo que por ahora parecería no poder suceder.
O sea que el plan de Milei/Caputo estaría mal diseñado y más tarde o más temprano mostraría su falla constitutiva: la imposibilidad de revertir la falta de dólares con aumento de exportaciones sin una significativa devaluación o de un ingreso relevante de inversiones extranjeras.
Quizás Milei/Caputo pensaron que podrían conseguir préstamos del FMI, del Banco Mundial, más difícilmente del Tesoro norteamericano y progresivamente del mercado voluntario (privado) de deuda, que construyeran puentes hasta 2026 y 2027 para cuando el continuo aumento de las exportaciones de energía, el agregado del comienzo de las de minerales, al tiempo que fuera cambiando la reputación económica internacional de Argentina, hiciera que finalmente viniesen las inversiones del exterior que generaran dólares adicionales al saldo positivo de la balanza por el comercio internacional y, no menor, también generaran empleo.
Pero más allá de las dificultades para obtener todas las formas de endeudamiento posibles, quizás el plan de Milei/Caputo tenía otra falla constitutiva, más gravosa y existencial, que fuera la de leer mal la época actual. El continuo reconocimiento a Menem y a los años 90 (y hasta sus primeras críticas, también a Cavallo), cuando a su juicio coincidieron el mejor presidente y el mejor ministro de Economía del último medio siglo, indique una forma de inspiración para sus políticas actuales en aquellas de fin de siglo, incluso con su primigenia promesa de dolarización como un avance sobre la Convertibilidad, sin percibir que el mundo actual no tiene nada que ver con el de los 90.
Cuando Menem gobernó tras la caída del Muro de Berlín, el mundo entró en una aceleración de globalización con el Consenso de Washington, Estados Unidos como superpotencia hegemónica y una tendencia generalizada a la reducción de regulaciones. Las grandes empresas del hemisferio norte pasaron a expandirse a todo el planeta y el comercio mundial se ampliaba reduciendo barreras nacionales.
Tras la pandemia y el fin del optimismo, probablemente exagerando tras el fin de la ex Unión Soviética, la tendencia a levantar barreras territoriales: primero migratorias, luego sanitarias y finalmente aduaneras, fue llevando a las multinacionales del near shoring primero a directamente el re shoring pasando a producir lo más cerca de su casa matriz. Paralelamente, a pesar de la rotura del espacio que produjo la tecnología con las videoconferencias como el Zoom o el Meet, y el teletrabajo desde distintos países, las multinacionales fueron comprendiendo que resultaba muy difícil administrar bien cien países por las diferencias culturales y la necesidad de responder rápidamente a las coyunturas de cada uno de ellos, por lo que pasaron (y están pasando) a focalizarse en los veinte países en que concentran el ochenta por ciento de su mercado (otro Pareto, no el del subóptimo que menciona Milei, sino el de la regla del 80/20: “el 80% de los resultados provienen del 20% de las acciones”).
Lo vemos todos los días con empresas como Telefónica no solo yéndose de Argentina sino de toda Sudamérica pero no de Brasil, que es la octava economía del planeta, o hace unos años ATT vendiendo DirectTV, yéndose así también de Sudamérica. Y la lista sigue: Procter & Gamble, HSBC, Itaú, Walmart, Zara, etc.
La época indica más una reargentinización del capital que una internacionalización del mismo, como sí se produjo en los 90, cuando los empresarios argentinos vendían sus empresas a extranjeros.
Una mala lectura de la geopolítica económica podría haber llevado a Milei/Caputo a elegir un remedio incorrecto. El primer axioma económico indica que el mismo plan da resultados distintos en momentos distintos.
¿Evalúan una neoconvertibilidad en lugar de bandas de flotación asistida del dólar en mayo?
Esto condiciona aún más la política internacional de Milei, obligado a relaciones supercarnales con Trump y el gobierno norteamericano: LLA necesita desesperadamente dólares para cumplir con su promesa electoral y revalidar su legitimidad por lo menos en las elecciones de medio término, lo que le permitiría terminar su mandato sin extremos sobresaltos aunque con el tiempo se fuera comprobando que su plan económico estaba mal diseñado, porque su estabilidad no era sustentable en el largo plazo y tampoco producía crecimiento.
Pero el experimento podría transformarse en otro: hay quienes interpretan que la cuenta de Milei sobre la base monetaria versus reservas del Banco Central indicaría que está pensando en una neoconvertibilidad y los recursos que obtenga del FMI, Banco Mundial y otros no serían para pasar a una flotación del dólar con bandas sino a algo más disruptivo, como una forma light, “endógena” y silvestre de convertibilidad sin necesidad de una ley del Congreso bajo el formato de una competencia de monedas.
En cualquiera de los casos, Milei/Caputo administraron mal el éxito de la primera fase de su plan. Queda ver cómo jugarán sus cartas, Menem también fracasó en su primera fase y luego corrigió.
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Continúa mañana con: Experimento 2: Trump