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Las promesas incumplidas y la lenta agonía del programa Precios Justos

A pesar de los esfuerzos oficiales, Precios Justos nunca logró el cometido de frenar la inflación. Concebido para establecer precios de referencia con una canasta de artículos de marcas líderes, el programa atraviesa hoy una lenta agonía debido a la escalada inflacionaria, los faltantes y el desinterés de muchas empresas y hasta del público en general.

En realidad, Precios Justos no es inocuo. Rebautizado en numerosas ocasiones (Precios Cuidados y Precios Máximos), asume su actual identidad de la mano del secretario de Comercio, Matías Tombolini. Apenas asumió, el funcionario prometió concentrar el programa en una canasta de 300 productos de consumo básico, pero al poco tiempo lo desvirtuó. Y lo amplificó de tal modo que los controles hoy abarcan un universo de más de 50.000 artículos, en teoría.

Se calcula que hoy participan de Precios Justos 330 compañías de diversos rubros (electrodomésticos, motos, ropa, calzado y de insumos difundidos), pero en la última renovación, el Gobierno no logró adherir a más de 60 de los principales fabricantes de consumo masivo. Aseguran, como consuelo, que existe un “acuerdo de palabra”, que se cumple a medias, según fuentes del sector privado.

Al inicio, Tombolini ofreció compensar a las empresas con importaciones y dólares los aumentos pactados por debajo de la inflación. Después de las PASO, la “zanahoria” fue dar beneficios fiscales e impositivos para que respeten el “sendero de precios” con un alza tope del 5% mensual. Las compañías rechazaron la fórmula tras ser analiza por las áreas legales.

La razón es que podrían ser denunciadas en la Justicia ante eventuales incumplimientos. “Recibir un beneficio fiscal como parte de un compromiso te expone ante el fuero penal tributario”, explican. De allí su negativa a estampar un acuerdo formal, tal como se venía haciendo hasta ese entonces. Los que sí firmaron fueron los supermercados, que no pueden aceptar aumentos por encima de la pauta oficial. “Muchos proveedores, especialmente pymes, dejaron de vendernos por ese motivo”, dijo una fuente del sector.

En el supermercadismo, ahora, afrontan dos problemas. Las dificultades para abastecerse, que se agravaron con la escalada inflacionaria del último bimestre; y el festival de relanzamientos de “nuevos” productos, muy parecidos a los “viejos” salvo por mínimas diferencias. Esos detalles, como algún retoque en el packaging, en el formato o el cambio de algún ingrediente, son unas de las tantas fórmulas para eludir los controles.

Según las cadenas, en los últimos 12 meses se “relanzaron” 8.000 productos de consumo masivo. Una cifra absolutamente ilógica incluso para una economía floreciente. Mucho menos para la crisis que atraviesa la Argentina. Un artículo “nuevo” zafa porque no registra precios anteriores. El valor inicial lo establece libremente el fabricante, sin necesidad de violar ningún acuerdo preestablecido.

En las góndolas, hoy, se observan muy pocas marcas por categoría, que ocupan todo el espacio para evitar la sensación de desabastecimiento. A la tarea, muy popular entre los repositores, se la conoce como “frentear”, y consiste en completar la parte delantera del estante. Por lo general, detrás está vacío o se ponen cajas.

Son hábitos forzados por los rigores de un programa, que prometió más de lo que cumplió.

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