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“La terra incognita” del pasado… y del futuro

Nuestras genealogías son cortas. Suelen llegar al nivel de abuelos, con suerte una generación más. Después se pierden en un pasado esfumado que nos pertenece -lo llevamos en los genes, también en algunas actitudes- pero no sabemos definirlo, mucho menos ponerle palabras. ¿Cómo habrán sido nuestros tatarabuelos, por ejemplo? Hablamos de no hace más de 120 o 130 años y sin embargo es “terra incognita”.

De la misma manera, el futuro se diluye. Intuyo que tendré nietos. Y que esos nietos tendrán hijos a los que no conoceré. Mi nombre se habrá borrado para esa época. Pienso que si me entierran en un cementerio ya no habrá nadie que vaya a poner una flor y que si me convierto en cenizas tampoco nadie recordará donde se arrojaron. Es la siempre mentada ley de la vida. ¿Pero dejaré alguna alguna huella?

Ante esa pregunta, siento cierta calma. Lo más seguro es que un par de generaciones nadie sepa quién fue Daniel pero eso no significa la nada. Se está firme a partir de valores, de prácticas de vida y hasta de nimiedades como las formas de hacer el asado (¿el énfasis familiar de los chinchulines hervidos en leche para que sean más tiernos -según recomendaba mi abuelo Simón- no durará varias generaciones más?). La herencia es una sumatoria que no lleva nombre, cierto, pero tiene identidad.

Siento pena cuando frente a un contenedor encuentro fotos viejas. Ilusiones convertidas en basura. ¿Pero hay otra forma? Tengo guardados álbumes muy antiguos de mi familia materna en la que no reconozco a nadie. Bisabuelos o tíos abuelos, seguramente, pero no sé quiénes son. Haría falta una tarea de documentación, anotar quién es cada quién antes de entrar en el olvido. No va a pasar, menos ahora que todo está en un chip. El día que nos convirtamos en olvido eso se pierde. Una pena, sí, pero la vida sigue y es lo que importa.

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