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Murakami, Premio Princesa de Asturias, se reivindica: «Mi estilo no es el realismo mágico, es el ‘murakamismo’»

Murakami desembarcó en el cruce de la calle Casimiro Velasco con el paseo de Begoña, a las puertas del teatro Jovellanos. Andaba ya por ahí la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón. Y los periodistas. Y el equipo de protocolo de la Fundación Princesa de Asturias. Y un puñado de lectores que cuando vieron al creador de «Tokio Blues» recorrer los diez metros que le separaban su coche del odeón gijonés rompieron a aplaudir.

Fue como el preludio de su triunfo ante sus lectores –mayoría de ellas sobre ellos, por goleada–. De 92 clubes de lectura, de cuatro comunidades autónomas (Asturias, Galicia, Cantabria y Castilla y León). Salieron entregados: «¡Qué simpático que es!», se escuchó en el vestíbulo del teatro una hora después del comienzo de la fiesta literaria con Murakami de estrella sin igual. Tan sin igual, que reivindicó su propio estilo diciendo que «no es el realismo mágico», que lo suyo «es el ‘murakamismo’». Se lo dijo a la periodista Berna González Harbour, que primero entrevistó al novelista japonés y luego moderó el mar de preguntas de las lectoras (y un lector) que le formularon con manos nerviosas y el foco en toda la cara. «Se han quedado muchas en el tintero», dijo Harbour en la despedida, antes del lío que supuso devolver los aparatos de traducción simultánea. Porque Murakami habló en japonés todo el rato. Y allí eran pocos los que sabían escucharle al natural. 

Gracias a las lectoras que interrogaron al creador de «1Q84», el público pudo saber que le importa poco que en Japón le reprochen su poca «japonesidad». «Mis padres eran profesores de Literatura Japonesa, así que huí de ella». Y arrancó una carcajada fuerte de la platea y la grada del Jovellanos, lleno como nunca. 

Y también se supo que «la primera novela occidental» que se leyó fue «Rojo y negro», de Stendhal, la historia de Julien Sorel, el hijo del aserrador que desprecia las tareas intelectuales. «Tenía 12 años», aseguró. La leyó «porque el libro» andaba por casa. A los doce fue capaz de leer eso y ahora, que tiene 74, confesó que se ha leído «cuatro veces» «Los hermanos Karamazov». «Debemos ser pocos los que nos hemos leído cuatro veces ‘Los hermanos Karamazov’». Seguro que sí.

Descubrió a Harbour (y también al público), por ejemplo, su manera de escribir, una forma que dista mucho del artista dolido por la imposibilidad de contar. «Solo escribo cuando quiero, no sufro bloqueo». Y escribe, además, por la mañana temprano. «Me preparo un café y pienso: ‘¿Hoy cómo va a crecer la historia?’». Confesó que ese momento «es el mejor del día». O sea, que escribe, escribe cuanto quiere y cuando se cansa, pues se pone a escuchar música. La escuchó, de hecho, ayer mismo, sobre el escenario del odeón gijonés: a Liszt por Martín García. Pero hubieran podido ser «The Beatles», que la relación de Murakami con la música es como un abanico barroco.

¿Y de dónde le vienen las ideas? «Espero que caigan del cielo», dijo. Y contó la circunstancia que generó su primera novela, «Escucha la canción del viento»: «Estaba viendo un partido de béisbol y pensé que podía ser escritor». Y luego ese método le ha ido sirviendo en cada uno de sus libros. «Trato de hacer una novela larga y luego una corta y después una larga…». Y añadió:_»No sé cuál me gusta más». Y sin parar de pensar, terminó el mensaje: «Quizá sean más divertidas las novelas largas». Y lo cree así porque «da más tiempo para disfrutar», que para eso se escribe. Y habla. Y convence y cría nuevos lectores. Las mil de media España se fueron para casa dispuestas a devorar «La ciudad y sus muros inciertos». La última de las suyas. Todavía sin traducir al español. «Léanla», animó.

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